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jueves, 6 de mayo de 2010

La máquina del tiempo: Mi amigo el pájaro


Genghis Khan (1162-1227), cuyo imperio se extendía desde el este de Europa hasta el Mar de Japón, era normalmente mencionado en todos los países, los hombres referían sus hazañas, y decían que desde Alejandro Magno no existía un rey como él.

Una mañana, cuando descansaba de sus batallas, salió a cabalgar por el bosque. Le acompañaban muchos de sus amigos. Cabalgaban jovialmente, llevando sus arcos y flechas. Sus criados los seguían con los perros. Era una alegre partida de caza. Sus gritos y sus risas resonaban en el bosque. En la muñeca, el rey llevaba su halcón favorito.

Durante todo el día Genghis Khan y sus cazadores atravesaron el bosque, pero no encontraron tantos animales como esperaban. Al anochecer emprendieron de regreso. El rey cabalgaba a menudo por los bosques, y conocía todos los senderos. Así que mientras el resto de la partida tomaba el camino más corto, eligió un camino más largo por un valle entre dos montañas. Había sido un día caluroso, y el rey tenía sed. Su halcón favorito había echado a volar, y sin duda encontraría el camino de regreso. El rey cabalgaba despacio. Una vez había visto un manantial de aguas claras cerca de ese sendero.

¡Ojalá pudiera encontrarlo ahora!

Pero los tórridos días de verano habían secado todos los manantiales de montaña. Al fin, para su alegría, vio agua goteando de una roca. Sabía que había un manantial más arriba, el rey se apeó del caballo, tomó un tazón de plata de su morral, y lo sostuvo para recoger las gotas que caían con lentitud. Tardaba mucho en llenarse, y el rey tenía tanta sed que apenas podía esperar. En cuanto el tazón se llenó, se lo llevó a los labios y se dispuso a beber. De pronto oyó un silbido en el aire, y le arrebataron el tazón de las manos y el agua se derramó en el suelo. El rey alzó la vista para ver quien había hecho esto. Era su halcón, quien voló de aquí para allá varias veces, y al fin se posó en las rocas, a orillas del manantial. El rey recogió el tazón, y de nuevo se dispuso a llenarlo, pero esta vez no esperó tanto tiempo. Cuando el tazón estuvo medio lleno, se lo acercó a la boca. Pero apenas lo intentó, el halcón se echó a volar y se lo arrebató de las manos. El rey empezó a enfurecerse . Lo intentó de nuevo, y por tercera vez el halcón le impidió beber. El rey montó en cólera.

“¿Cómo te atreves a actuar así? ¡Si te tuviera en mis manos te retorcería el cuello!”.

Llenó el tazón de nuevo. Pero antes de tratar de beber, desenvainó la espada:

“Amigo halcón, esta es la última vez”.

No acababa de pronunciar estas palabras cuando el halcón bajó y le arrebató el tazón de la mano. Pero el rey lo estaba esperando. Con una rápida estocada abatió al ave. El pobre halcón cayó sangrando a los pies de su amo.

“¡Ahora tienes lo que mereces!”

Pero cuando buscó su tazón, descubrió que había caído entre dos piedras, y que no podía recobrarlo.

“De un modo u otro, beberé agua de esa fuente”

Decidió trepar la empinada cuesta que conducía al lugar de donde goteaba el agua. Era un ascenso agotador, y cuanto más subía, más sed tenía. Al fin llegó al lugar. Allí había, en efecto un charco de agua ¿pero qué había en el charco? Una enorme serpiente muerta, de la especie más venenosa. El rey se detuvo. Olvidó la sed. Pensó sólo en el pobre pájaro muerto.

“¡El halcón me salvó la vida! ¿Y cómo le pagué? ¡Era mi mejor amigo y lo he matado!”

Bajó la cuesta. Tomó suavemente al pájaro y lo puso en su morral. Luego montó a caballo y regresó deprisa, diciéndose:

“Hoy he aprendido una lección, y es que nunca se debe actuar impulsado por la furia”.

Si os ha gustado no dejeis de ojear el blog, donde encontrareis muchas mas curiosidades de temas diversos. Gracias y hasta luego

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